Solo había que seguir la siguiente boya
A veces, tratando de anticiparnos a lo que puede salir mal, terminamos escogiendo nosotros mismos el camino más difícil. Esta carrera debía ser de 2.000 metros y terminé nadando 3.200. Me equivoqué, tuve que devolverme, llegué mucho más tarde de lo esperado… pero no me rendí. Y al final entendí que quizás la lección era mucho más sencilla: confiar, seguir la siguiente boya y avanzar paso a paso. Porque el tiempo no siempre cuenta toda la historia. Y, sobre todo, porque hay cosas mucho más importantes esperándonos en la meta.
Nohora Díaz
9/6/20263 min read


El mar siempre ha sido parte de mi familia y de muchas de nuestras historias. Y no sé qué me gusta más de esta foto: la satisfacción de saber que terminé la carrera o saber que, a pesar de haber llegado 40 minutos después de lo que esperaba, mi familia seguía ahí, feliz, en la meta, esperándome. En realidad, claro que sé qué me gusta más.
Esta era mi tercera vez haciendo 2K en el Oceanman de San Andrés y, curiosamente, era la vez que más segura me sentía. Estaba tranquila y sentía que podía hacer mi mejor tiempo.
La carrera, de hecho, empezó muy bien.
La primera parte era nadar con las olas en contra y con un mar bastante fuerte. Normalmente, en esas condiciones, me canso muy rápido, así que decidí tomármelo con más tranquilidad, encontrar mi ritmo y no desgastarme desde el comienzo.
Y funcionó.
Me sentía muy bien y sabía que iba bien de tiempo. No soy la más experta ni la que mejor nada, así que tengo una forma bastante sencilla de saber cómo voy: mirar a mi alrededor. Iba acompañada, había mucha gente nadando cerca de mí y eso me decía que estaba llevando un buen ritmo de carrera.
Crucé la primera boya y seguí avanzando hacia la siguiente. Hasta ahí, todo iba como esperaba.
Pero empecé a sentir que la corriente era cada vez más fuerte. El primer tramo de esa segunda parte estuvo muy bien.
Y ahí fue cuando empecé a abrirme.
Le tenía mucho miedo a la segunda boya porque sabía que en esa parte había bastante corriente. Así que, tratando de anticiparme al problema, decidí alejarme un poco más de la ruta para asegurarme de llegar tranquila.
Lo que terminó pasando fue exactamente lo contrario.
Me encontré con un mar todavía más duro y con mucha más corriente. Empecé a alejarme cada vez más de la ruta y lo que debía ser una carrera de 2.000 metros terminó convirtiéndose en 3.200.
Después vino mi segundo error.
Por el tiempo que llevaba nadando, entendí que ya estaba fuera del tiempo permitido de competencia. Escuché que tenía que cruzar por la derecha y empecé a cortar una boya. Cuando ya había avanzado bastante, me avisaron que no: tenía que devolverme y pasar por ella.
Ese momento fue frustrante.
Ver hacia atrás y darme cuenta de que ahora el camino era todavía más largo. Saber que incluso tenía que devolverme nadando con el mar totalmente en contra.
De alguna manera, esa rabia la convertí en fuerza para nadar.
Incluso ahí, mi cabeza seguía teniendo una sola idea: tenía que llegar y cruzar la meta.
Así que me devolví. Llegué nuevamente a la boya y, después de pasar lo que durante toda la carrera había sido mi gran miedo, sabía que solo quedaba lo que me gusta: disfrutar del mar, ver peces y corales, y conectar con el mar.
La última parte fue simplemente disfrutar.
Dejarme llevar por la corriente, seguir avanzando y pensar únicamente en llegar a la meta.
Y entonces los vi.
Después de tanto tiempo, de tantos metros de más, de las decisiones equivocadas, de devolverme y volver a avanzar, ahí estaban mi esposo y mi hijo esperándome.
Y qué lindo fue llegar y verlos ahí. Ver a mi esposo, que mi hijo tomara mi mano para cruzar la meta juntos.
Y mientras todo el mundo me felicitaba, mi hijo, con la honestidad absoluta que solo puede tener un niño, me dijo:
“Mama, te fue re mal”. (Sin tilde, así es como me dice)
Y lo agradecí.
Porque sí. La verdad es que me fue mal en tiempo.
Pero me fue muy bien en experiencia.
Disfruté. No me rendí. Crucé la meta. Sumé una carrera más, otra experiencia en familia y, sobre todo, me llevé un aprendizaje que va mucho más allá de nadar.
A veces tomamos decisiones desde el miedo, tratando de anticiparnos a todo lo que podría salir mal. Y, queriendo protegernos, terminamos complicándonos nosotros mismos el camino.
Era mi carrera. Era probablemente la oportunidad en la que podía hacer mi mejor tiempo. Era cuando más tranquila me sentía, con un mar más tranquilo que el año pasado… Sí, estaba terrible, pero sabía que estaba lista para enfrentarlo.
Pero tomé algunas decisiones desde el miedo y no fueron las mejores.
Al final, lo más sencillo habría sido también lo más obvio: seguir la siguiente boya. Avanzar. Una después de la otra. Paso a paso.
Y creo que eso es lo que más me llevo de esta carrera para la vida.
A veces nosotros mismos escogemos el camino difícil cuando lo único que necesitamos es confiar un poco más en nosotros, dejar de intentar anticiparlo todo y concentrarnos en la siguiente boya.
Seguir avanzando, paso a paso.
Porque, además, siempre habrá algo o alguien esperándonos en la meta que terminará siendo mucho más importante que todos los obstáculos que encontramos en el camino.
Nohorita, Agosto 2026